La huelga en las cárceles

La huelga en las cárceles

Hay pocas profesiones, por no decir ninguna, tan necesarias y a la vez tan denostadas como la de funcionario de prisiones. Toda norma —decía el sabio Kelsen— es inútil si una pena no va emparejada a su incumplimiento.

He trabajado en esos sitios lóbregos cuarenta años —por mucha alegría que quieras darle a una cárcel, cumplir una pena siempre conlleva oscuridad—. Me he comido día a día la misma condena que un asesino en serie. Más que muchos asesinos múltiples, que a De Juana Chaos —el que planeó mi muerte con Esteban Nieto, Artola Ibarrettxe, Arantxa Zulueta y Txemi Gorostiza en los locutorios de Alcalá Meco— lo pusieron en la calle con dos mil quinientos años de condena y dieciocho efectivos de cumplimiento. Denuncié y pedí cuentas —por escrito— en la Audiencia Nacional, me dijeron que no podían darme información porque yo no era parte. Lo tengo claro, el muerto, como el cornudo, es el último en enterarse. De Juana anda vendiendo cerveza La Polar, aguardiente Tres esquinas y ron viejo de Caldas en Chichiriviche. Él vive junto a las aguas esmeralda del Mar Caribe y yo cerca de un sitio en el que planean colocar depósitos gigantescos de combustible. Con dos cojones: el matador en el paraíso y el matable en un piso casi de protección oficial, haciendo frente al copago de los alerlisines y los flixonases porque, después de cuarenta años tragando mugre, uno a lo menos que puede aspirar es a desarrollar una alergia a todo y un cáncer de próstata de esos que te dejan nenuco y te obligan a correr en chanclas de vez en cuando para recordar a qué suena eso del uso del matrimonio.

El policía siempre se acuesta con la rubia de bote y el vecino de Pablo Iglesias sale en los programas basura explicando el horario y las actividades del famoso

Vamos a ponernos serios. En la actualidad hay algo así como quince o dieciséis mil funcionarios de prisiones. Me apuesto un desayuno opíparo en Cristian —al lado de los juzgados cerca de donde quieren poner los depósitos— y un arroz de tres pares en El Maestral con la propuesta siguiente: cojan diez niños al azar y pregúntenles qué quieren ser de mayores. Policía, bombero, futbolista, astronauta, investigador de C.S.I., empresario donante de un partido político para obtener obra pública, comisionista, cura en el Vaticano, político catalán, cantante en Operación Triunfo, vendedor de palos para selfies, vecino de Pablo Iglesias en Galapagar… No encontrarán uno solo que les diga que quiere ser funcionario de prisiones. En las películas, el policía siempre se acuesta con la rubia de bote y el vecino de Pablo Iglesias sale en los programas basura explicando el horario y las actividades del famoso. El funcionario, el carcelero, suele ser un tío con cara de mala leche, un torturador de carnet —tipo el Expreso de Medianoche— . Siempre es un tipo sucio que arrastra la pata coja y hasta una joroba a medio tapar por los andrajos. Eso a los niños no les gusta.

Hasta los niños saben que en las cárceles siempre toca bailar con la más fea. De bailar con la fea no es posible hacer chistes porque las feministas se te tiran al pescuezo —con razón— que a bailar y al refocile tiene derecho todo el mundo y la estética es muy subjetiva. Yo no me he inventado el refrán, que lo de bailar con la más fea ya existía cuando iba a la catequesis de primera comunión y Franco era sargento en el monte Gurugú en Melilla. También existía —de facto— esa situación para los feos que yo me conseguí casar de milagro y en los guateques de la época mi única actividad era limpiar el polvo a los discos y si bailaba algo era con mi hermana mayor que ejercía la caridad intentando enseñarme sin éxito.

Los funcionarios de prisiones han hecho dos de días de huelga y tienen planeados unos cuantos más. ¿El motivo? Una injusticia flagrante que el PSOE parece no llevar trazas de arreglar

Pongámonos serios de una vez. Ha saltado a los medios de comunicación que los funcionarios de prisiones han hecho dos de días de huelga y tienen planeados unos cuantos más. ¿El motivo? Una injusticia flagrante que el PSOE parece no llevar trazas de arreglar.

¿Por qué se equiparan los sueldos de Guardias civiles y Policías con los de miembros de cuerpos de seguridad de comunidades autónomas y no se equiparan los de los funcionarios penitenciarios con los catalanes que son los únicos que manejan competencias en este ámbito? Una más de las solemnes decisiones de Zoido en su momento ligada a la estancia de Policía y Guardia Civil en Cataluña con motivo del golpe de Puigdemont y sus secuaces. Y conste mi reconocimiento eterno a Policía y Guardia Civil que me han hecho escolta mucho tiempo y, seguramente, por ellos sigo vivo.

¿Tienen más titulación los funcionarios penitenciarios catalanes? ¿Es su trabajo más penoso y peligroso? ¿Solo ellos trabajan los domingos, las navidades y las noches viejas?

La clave es una y clara: las cárceles, lo dice la Escuela Crítica de Criminología, son lugares de los que la sociedad quiere olvidarse. Se miran de reojo y lo mejor de ellas es que nadie sepa nada. Hay que actuar despistando, como si no existieran, negando su existencia y el hecho de que hay mucha gente encarcelada.

Seamos meros fenomenólogos: Llega la Virgen del Pilar y la Guardia Civil desfila, son homenajeados y asisten las autoridades en tropel —alcaldes, concejales, gobernadores, diputados y el sursum corda—. Llega el Santo Ángel y la Policía lo celebra con la misma pompa y el mismo boato. Llega la Virgen de la Merced, que es tan virgen y tan madre como la del Pilar, celebran las prisiones su fiesta y hay que cazar a las autoridades de relumbrón a lazo. Te ves negro —no me hagan dar datos que la memoria es lo único que me funciona de puta madre, mejor que a Villarejo incluso sin grabaciones— para que vaya un concejal aunque sea de la oposición.

He conocido funcionarios de prisiones que podrían darle clase de Derecho a Pablo Casado, clase de Psiquiatría a Vallejo Nájera y clase de Sociología al mismísimo Tezanos

El colectivo de funcionarios penitenciarios es esencial en la seguridad del Estado al mismo nivel que las demás fuerzas de seguridad y les aseguro que sé de lo que hablo porque he estado muchos años metido en los más profundos entresijos de ese sistema. Siempre he defendido en público y en privado que es un colectivo sacrificado y trabajador, eficaz y competente hasta dejarlo de sobra por más que haya un pequeñísimo número que no valga ni para tacos de escopeta. A algunos de estos me han dado ganas de hacerles, a veces, lo que Eli Wallach le hizo a Clint Eastwood en “El feo, el bueno y el malo”: mandarlos al desierto sin cantimplora. Pequeñísimo número que la inmensa mayoría son un lujo trabajando, pero rémoras hay en todos los lados.

A lo largo de mi trayectoria profesional he conocido funcionarios que podrían darle clase de Derecho a Pablo Casado, clase de Psiquiatría a Vallejo Nájera y clase de Sociología al mismísimo Tezanos. Cierto, no he conocido a ninguno que pudiera dar clase de Geografía a Jorge Olcina pero insisto en su preparación, su necesariedad y lo imprescindible por tanto de que, cuando Zoido se tira el pegote y suelta mil quinientos millones para dignificar a otras fuerzas de seguridad, no se aparte a este colectivo que es igualmente imprescindible en la lucha contra el delito y fundamental para que los ciudadanos duerman y anden seguros por las calles. Sé que no piden solamente dinero pero por ahí se empieza.

Manuel Avilés

Publicado el 30 de octubre de 2018, en 12endigital